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La esperanza y la juventud

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Por Cuauhtémoc Guerra


La juventud por largo tiempo ha cargado en sus hombros la enorme expectativa de ser quien lidera el cambio.  Ella es la que lleva la antorcha de la esperanza, cuyo combustible son los sueños de mundos mejores.  Se le ha tachado de ingenua, pero eso es lo que hace tan impetuosa a la juventud, la voluntad de luchar a pesar de la inmensidad del enemigo o la imposibilidad de la lucha.

Sin embargo, en los últimos años algo nuevo llena las mentes jóvenes. No es esperanza, es todo lo contrario. La desesperanza es generalizada, se perpetúa la idea de que el cambio es imposible, los sistemas son eternos, mientras que las acciones posibles en su contra son efímeros.  Quizá se debe al ataque mediático a la evolución, a la experiencia a través de años de intentos fallidos de revolución y mejora. Un argumento frecuente es que con la caída de la URSS, se demostró la incapacidad del comunismo para liderar un nuevo mundo, mejor para el proletariado, en todo caso lo único que genera es algo comparable a una dictadura.

Sin embargo, nada puede sofocar por completo la inconformidad, y mucho menos cuando ésta se encuentra con la fuerza de la juventud. La lucha es canalizada de formas distintas, tratando de alejarse de modos que sin formación parecen no ser vigentes. El torrente de energía es canalizado casi automáticamente, donde encuentra menor resistencia. Se ha vuelto popular el reformismo,  y el anarquismo. Mientras que a través de la social democracia, se crea la ilusión de cambio. Por otro lado, los movimientos populares absorben a masas estudiantiles, atraídos por la forma pacífica, que parece por fin dar utilidad a su intelecto, ganado con tanto esfuerzo en las universidades.

 

El anarquismo tiene un papel, si bien muy distinto, de igual fuerza. La radicalización del método de lucha es evidente. Aparenta alejarse de la falsa idea de que el comunismo es una doctrina cerrada, que da cabida a la libertad de acción y expresión. Actualmente concebida como una versión modernizada de la lucha armada, rediseñada para ser apta al conflicto con los nuevos enemigos de la clase. El único requerimiento para la adhesión al movimiento es estar en sus filas cuando sucede la acción. Es una promesa de cambio inmediato, sin compromiso ideológico,  ni necesidad de una dura formación política, no más que la simpatía con la causa, cuyo objetivo es suficientemente vago como para alentar a la juventud con inquietudes similares sin forzar la alineación militar.

Frente a toda esta serie de formas y propuestas organizativas que sólo obstaculizan que los jóvenes encuentren una verdadera organización que dé como resultado una transformación radical, la pregunta es: ¿cómo resolverlo?

 

Cuando los movimientos no implican el compromiso ideológico, pueden crecer rápida e inmensamente, pero finalmente su actividad será limitada por la volatilidad de sus miembros. Una organización que se honre de ser comunista no podría siquiera considerar el reclutamiento de militantes sin convicción, pero depende de el empleo de su estrategia cómo será recibido. Se deben redoblar esfuerzos de reclutamiento, con cuadros educados, capaces de comunicar y comprender las inquietudes de la juventud. Los comunistas no podemos permitir que se nos tache de sectarios. El desarrollo de cuadros jóvenes y de divisiones juveniles es más importante que nunca, un sector muy importante de la clase obrera son jóvenes, pero también son muchos los jóvenes que cada día tienen menos oportunidad de estudiar, de conseguir un empleo, de aspirar siquiera a tener una familia, de ahí la necesidad de tener una organización fuerte y sólida que sea un referente político y organizativo para la juventud, de ahí la necesidad de fortalecer la Federación de Jóvenes Comunistas.